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En un día a finales de verano, como el calor apretaba, busqué la
sombra de un bosque cercano. Allí se respiraba mucho mejor. El
ambiente era fresco y olía bien; tal vez por algún eucalipto que
compartía espacio con los castaños, los más abundantes. Seguí el
camino que lo atravesaba y me deleité con los sonidos de pájaros,
insectos y algún corzo que echó a correr en cuanto me oyó llegar. El
chasquido de una rama seca bajo mis pies fue más que suficiente
para provocar su estampida. Las aves también enmudecen cuando
escuchan un ruido distinto a los habituales; basta quedarse inmóvil
unos minutos para que retomen su rutina y me dejen de ver como
a un extraño.
La penumbra reina en el bosque aunque fuera el sol apriete… sus
rayos se filtran por entre hojas y ramas formando claroscuros. La
luz es cambiante y realza los contornos de los árboles, en fuerte
contraste con las zonas umbrías. Me preparo un palo, con un trozo
de rama vieja, para ir apartando las telas de araña que cruzan el
camino o algún arbusto que estorbe el paso y sigo caminando. El
bosque de día es acogedor e invita a permanecer en él durante
largo rato.

bosque de Santa Eufemia en Asturias. Foto Figaredo, Gijón
Volví al mismo bosque en una noche de luna llena. Reconozco
que tuve que tragar saliva antes de internarme por el mismo
camino que otrora me parecía tranquilo, seguro y hospitalario…
Provisto de linterna fui avanzando, cauto, hasta la parte más
frondosa. Los sonidos eran diferentes a los diurnos. Búhos y
lechuzas ululaban rasgando el profundo silencio de la noche.
Mosquitos y polillas se arremolinaban en torno al haz de luz que mi
linterna provocaba. Algún murciélago aprovechó la situación con
repetidas pasadas buscando alimento en los insectos que pululaban
cerca de la luz. Un ruido en tierra atrajo mi atención. Algo o alguien
escarbaba… Escuché pisadas en el suelo alfombrado de hojas
secas. De pronto, un miedo atávico se apoderó de mí. Me vinieron a
la mente las truculentas historias que mis mayores relataban
cuando era niño; como la muerte de una pareja de guardias civiles
por los lobos, o la terrible leyenda de la Santa Compaña: siniestra
procesión de monjes, cubiertos con capuchas, que iban caminando
por los oscuros bosques gallegos y asturianos iluminados con
antorchas. Espíritus corpóreos que, en ocasiones, se detenían junto
a la casa de alguien cuya muerte anunciaban…
Dirigí mi linterna hacia el ruido de pisadas y… descubrí a una
hembra de jabalí con sus crías detrás. Sus ojos brillaban en la
oscuridad a la luz de la linterna. El miedo y la prudencia me
obligaron a dar media vuelta y salir pitando de allí. Huelga decir
que jamás he vuelto a un bosque por la noche. Es, sencillamente,
aterrador…

Bosque de SAnta Eufemia en Asturias. Foto Figaredo, Gijón

Nota del autor: Sí; la foto es la misma, un poco cambiada.