La casa de la colina

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En algún lugar de Centroeuropa un caminante avanzaba exhausto entre la nieve.
Buscaba un lugar donde quedarse. Con las últimas luces del atardecer divisó una
pequeña casa en lo alto de una colina cercana. Pensó que sería un buen lugar para
pasar la noche.
Llamó a la puerta, esperó, y nadie respondió. Como el frío era intenso y la noche se
echaba encima accionó la manilla y empujó la puerta, que se abrió con un crujido de
sus oxidadas bisagras. Entró a un pequeño vestíbulo lleno de telarañas. La casa
parecía abandonada. Con la ya escasa luz que entraba por la puerta vio, en un estante, una caja con velas y varios candelabros. No había electricidad. Se alegró de llevar un mechero encima. Encendió dos velas, las colocó en un candelabro, y cerró la puerta. Accedió a una sala donde había una chimenea, una silla desvencijada y una mesa. Un viejo jergón, en una estancia contigua, completaba el escaso mobiliario. Al fondo de la sala, en un rincón, descubrió una puerta. Era más maciza que la de la entrada. En su parte superior un letrero rezaba: “Quien aquí mora no recibe visitas”. Aunque dudó un instante, acabó cediendo a la tentación y la abrió. Tuvo que emplearse a fondo para empujar la pesada puerta.
Alzó el candelabro, y la tenue luz de las velas dejó entrever una escalera de madera
que descendía a una completa oscuridad. Acuciado por la necesidad de leña y,
también, llevado por la curiosidad, comenzó a bajar los escalones hacia lo que parecía
el sótano de la casa. Los carcomidos peldaños crujían a su paso. El aire estaba
enrarecido. Olía a humedad y podredumbre. No había recorrido ni la mitad de la
escalera cuando escuchó un ruido a su espalda. La puerta se había cerrado. Continuó
su descenso, peldaño a peldaño, hasta llegar al suelo, que era de tierra. Caminó unos
metros, a través de un pasillo, hasta una especie de cueva, jalonada de piedras más o
menos verticales. Acercó el candelabro a la más próxima y descubrió una lápida con
caracteres hebreos. Alzó la luz y vio muchas más. Estaba en una gran cripta. En ese
momento lo entendió todo: la casa de la colina no era más que la entrada a un antiguo
cementerio judío. Preso del pánico, echó a correr hacia la puerta por donde había
entrado. Subió los escalones, de dos en dos, abalanzándose sobre la puerta para salir
de allí cuanto antes. Pero le aguardaba una terrible sorpresa: la gruesa puerta carecía
de manilla o picaporte alguno. Un enorme muelle, situado en su parte superior, la
mantenía bien cerrada. Pensada solo para entrar. Diseñada para que nada saliera.


Desesperado, volvió sobre sus pasos. Tenía que haber otra salida. Recorrió todo el
cementerio buscándola. Había docenas de tumbas y, entre ellas, varios esqueletos con
jirones de ropa. Desgraciados que cayeron en la misma trampa. Al otro extremo de la
cueva un derrumbe taponaba la salida. El aire se volvía irrespirable. Comprendió que
jamas saldría de allí; que, al final, había encontrado un lugar donde quedarse… para
siempre.
De pronto, una mano agarró su hombro y lo zarandeó. Gritó aterrado, como nunca
había gritado. Entonces una voz le susurró… despierta hijo, son más de las ocho,
¡Llegarás tarde al colegio!

50 aniversario de Foto Figaredo

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Mi padre, José Figaredo, empezó como fotógrafo de calle hacia la
década de los 50 del pasado siglo. Anteriormente había trabajado
en los fielatos. Compaginaba ese trabajo con un empleo en la
antigua Oficina de Turismo y Museo de la Gaita, en la Plaza del
Parchís. En una época en que casi nadie tenía una cámara de fotos
ofrecía sus servicios, junto a sus colegas Perlines y Vegafer, en el
parque Isabel La Católica o en la playa de San Lorenzo. En esta
última conoció a mi madre, quien le convenció para buscar un local
y fundar Foto Figaredo el 1 de Septiembre de 1970.
Recuerdo mi infancia, entrando en el cuarto oscuro, con la luz
roja y las fotos saliendo, mágicamente, de la cubeta del revelador.
Primero en casa y luego en el local. Veía a mis padres trabajando
duro, mano a mano, él revelando, ella secando. Madrugones.
Disgustos cuando algo no salía bien. Y yo ahí, aprendiendo a no
entrar en el laboratorio cuando no debía y llevando algún azote,
bien merecido, cuando pisaba las fotos de los clientes, ordenadas
en el suelo. Con los años mi madre destacó en el estudio, haciendo
cada vez más y mejores fotos. Tras su jubilación, en 1999, tomé el
relevo y, junto con mi mujer, afrontamos el desafío digital, con
nuevos equipos de impresión y la imprescindible formación en
nuevas tecnologías; manteniendo, eso siempre, la esencia de la
veterana tienda de fotografía de toda la vida, donde trabajaron,
también, mi hermana y hermano. Varias generaciones han pasado
por la tienda, ya sea para comprar álbumes o marcos de fotos,
revelar, o hacerse las necesarias fotos de carnet, en las que
mimamos a los más pequeños, haciendo nuestro el viejo reclamo
de mi padre en sus primeros tiempos: “el fotógrafo de sus niños”.
En cuanto al capítulo de anécdotas: mi madre hizo la foto de
pasaporte de Quini para el mundial de Argentina del año 1978.
Quini se presentó con un chándal que, hoy día, nadie se pondría.
También pasaron por la tienda otros famosos jugadores del
Sporting de aquella época, como Jimenez, el portero Ablanedo y el
defensa Herrero I. En la actualidad viene Carlos Carmona. Mi padre,
al que le encantaba el tango -y, de hecho, los cantaba a menudo-
un día reconoció a Carlos Acuña y se hizo una foto con él, por la
que tenía especial cariño. En cuanto a políticos destacados,
recuerdo a Francisco Alvarez-Cascos, Xuan Xosé Sanchez Vicente y
al difunto Vicente Álvarez Areces. Otros clientes famosos pueden
ser Ruperto Álvarez Romero; uno de los descubridores de la cueva
de Tito Bustillo y el periodista José Ramón Perez Ornia, creador de
la TPA y fallecido recientemente. 50 años acumulando experiencias.

Pandemias y mascarillas

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Por gentileza de nuestra amiga Telvi, de La Camocha, os traigo hoy
este conjunto de fotos y un B.O.E. de 1918. Gracias al invento de la
fotografía se ha podido plasmar otra pandemia ocurrida hace unos
100 años; en 1918. La, mal llamada, gripe española. Las fotos, con
el encanto del blanco y negro, pertenecen a lugares diferentes,
pero en todas hay un denominador común: la mascarilla. Y es que
la historia, tozuda, se repite. El ejército en la calle, grandes naves
repletas de enfermos, y la toda la gente con mascarilla. ¿Toda?, no.
Un grupo de irreductibles individuos resiste al invasor… a pelo. Y es
que en tiempos de pandemia sanitaria se distingue mejor a otro
tipo de gente: los afectados por la estulticia, o estupidez, otra plaga
que recorre el mundo desde tiempos remotos y enemiga de la
inteligencia. Los vemos a diario en las noticias: el que se salta el
cordón policial para hacer fotos de las olas en pleno temporal, o la
que se hace un selphie al borde de un precipicio; haciendo de la
fotografía una actividad de riesgo… comparable al tema que nos
ocupa estos días. Cuando estos comportamientos son mortales y se
circunscriben al individuo que los protagoniza, es asunto individual
y una forma de selección natural de la especie. Lo triste es cuando
afecta a otras personas que nada tienen que ver. Cumplamos pues
con la obligación de llevar mascarilla en lugares concurridos para no
ser cómplices del coronavirus. No hacerlo, aparte de irresponsable,
es una falta de educación y respeto por los demás.

De fotos por… Pueblos Negros

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Pueblos Negros. Foto Figaredo, Gijón

Estamos en La Alcarria, viajando hacia los Pueblos Negros; el
secreto mejor guardado de la provincia de Guadalajara. Por el
camino, una vez abandonada la fría autopista, entramos en una
zona de carreteras comarcales, campos repletos de colza en flor,
bosques sin casas… la naturaleza en todo su esplendor.
El autocar, fletado por CN Travel, lleva una guía que nos explica
los pormenores del paisaje que atravesamos: la Sierra Norte de
Guadalajara y el singular Hayedo de Tejera Negra. Aquí, entre el
Barranco de Río Dulce y el pantano del Vado, Félix Rodríguez de la
Fuente rodó, a mediados de los 70, más de 80 capítulos de la
popular serie “El Hombre y la Tierra”. Animales como el zorro, el
lobo, o el águila real fueron los protagonistas en horario de máxima
audiencia; en una época en que prácticamente no existía ninguna
sensibilidad social por los animales ni la ecología.
Tras un largo trecho viendo arbolado, ejemplares de cérvidos y
águilas, llegamos al pueblo de Tamajón; localidad que, aunque no
entra dentro de los Pueblos Negros, inicia la ruta hacia los mismos.
Tamajón no tiene nada de particular salvo, a las afueras, la iglesia
de la Asunción. Templo románico del siglo XIII, aunque reformado
en el siglo XVI con estilo renacentista.

Iglesia de la Asunción. Foto Figaredo, Gijón
A un kilómetro del pueblo encontramos la Ciudad Encantada de
Tamajón, que consiste en curiosas formaciones rocosas, de piedra
caliza, muy similares a las de su homónima de Cuenca. Miles de
años fueron necesarios para que el agua y el viento creasen este
conjunto de cuevas, arcos y columnas, entre viejas sabinas.
Continuamos, por una estrecha y sinuosa carretera, hacia el
pueblo de Majaelrayo, el primero de la ruta de los Pueblos Negros;
también llamados de arquitectura negra. La razón del apelativo es
sencilla y nada misteriosa: las casas, tejados, muros, pozos, calles
y plazas están hechos de pizarra, la piedra más habitual en la zona,
ya sea en bloques o lajas.

Pueblos Negros. Foto Figaredo, Gijón Pueblos Negros. Foto Figaredo, Gijón  Nos detenemos en Majaelrayo para explorarlo y hacer fotos. La
hora no es buena para la cámara, pues el sol está alto y la luz no es
la adecuada. Así y todo, esquivando el sol, se puede hacer alguna
que otra foto. Con algo de edición posterior quedarán presentables.
Continuamos hacia el pueblo de Campillo de Ranas. Muy parecido
y a pocos kilómetros del anterior. Allí entramos a refrescarnos en
uno de los encantadores bares de la zona. La gente es acogedora.
Se nota que, aunque habitados todo el año, son lugares preparados
para el turismo rural. Todas las casas restauradas siguen la tradición
en su reconstrucción, con lo que forman un conjunto homogéneo.
Tonos negros, grises, y sobre todo, ocres. Cambiando de carretera la ruta continúa con el precioso pueblo de Valverde de los Arroyos, y los más pequeños, que son El Espinar, Campillejo, Robleluengo y Roblelacasa. Todos ellos forman parte de la España rural. Olvidada. Sitios apartados, con carreteras donde ni se cruzan dos autobuses, pero bellos y auténticos. Para volver.

Pueblos Negros. Foto Figaredo, Gijón

De fotos por… Brihuega

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Brihuega, localidad de unos 2400 habitantes, está recogida entre
unas lomas y la llanura alcarreña, donde se cultiva la lavanda. Es
lugar lleno de encanto y bullicio, con numerosos atractivos para su
reducido tamaño.

Vista general. Foto Figaredo, GijónAlrededores de Brihuega. Foto Figaredo, GijónEmpezamos visitando un parque a las afueras: los Jardines
Románticos de la Real Fábrica de Paños; con cuidados parterres,
senderos, bancos, fuentes y árboles de toda laya. La entrada está
junto a la antigua Fábrica de Paños, que están restaurando para
uso turístico. Al otro extremo, una barandilla delimita el final de los
jardines, desde la que se divisa, abajo, toda Brihuega y las
montañas que la circundan. Tenemos tiempo libre para pasear y
hacer fotos. El sol brilla y la brisa acaricia el rostro. Una mañana
preciosa de primavera.

Jardines Románticos Real Fábrica de Paños. Foto Figaredo, GijónJardines Románticos de la Real Fábrica de Paños. Foto Figaredo, GijónPanorámica parcial de Brihuega. Foto Figaredo, GijónVista desde los Jardines Románticos. Foto Figaredo, Gijón

Bajando desde el parque, entramos en el pueblo por una de las
puertas de su magnífica muralla. Las calles, de traza medieval,
rebosan vida. Sus habitantes son simpáticos y accesibles; se
desviven por darte indicaciones. Buena gente.

Puerta muralla de Brihuega. Foto Figaredo, GijónInterior puerta muralla medieval. Foto Figaredo, Gijón
Nos encaminamos a la iglesia de Santa María de la Peña, donde
un señor nos explica sus particularidades. En un extremo, tras
franquear una puerta, desciende una larga escalera exterior, con
tramos de piedra y metal. Termina en una cueva donde se ve una
estatuilla de la Virgen de la Cueva que, según cuentan, allí se
apareció. Cuelga la hiedra en las paredes rocosas y hay varios
apartaderos con preciosas vistas de la llanura que abajo se divisa.

Iglesia de Santa María de la Peña. Foto Figaredo, Gijón Virgen de la Cueva. Foto Figaredo, GijónCuevas bajo la Iglesia de Santa María de la Peña. Foto Figaredo, Gijón Junto a la iglesia hay un castillo, el de la Piedra Bermeja, con un
detalle muy particular: su interior alberga el cementerio. Todo el
patio de armas está alfombrado de tumbas y cruces. La gente
pasea entre ellas. Desde las torres se divisa una gran panorámica
de los alrededores.

Castillo de la Piedra Bermeja, vista parcial. Foto Figaredo, GijónCementerio dentro del Castillo. Foto Figaredo, Gijón

A continuación, nos dirigimos a las cuevas árabes. Tienen arcos
visigodos y tinajas donde guardaban aceite. No entramos a fondo
por una reciente inundación que había dejado el suelo embarrado.
Paseando por el pueblo vemos una zona de mercado, con puestos
donde venden productos locales en animado regateo. Las calles
están adoquinadas y flanqueadas con hileras de viejas farolas. A lo
lejos divisamos la parte interior de una de las puertas de la muralla.
Señala el final de la zona intramuros del pueblo. Encima de la
puerta hay una hornacina con una imagen religiosa; típica
costumbre del pasado para desear suerte al viajero que salía de la
zona protegida.

Hornacina con Virgen antes de salir de Brihuega. Foto Figaredo, Gijón

Una vez flanqueada la vieja muralla, llegamos a una zona
arbolada con varios bares. Nos sentamos en la terraza de uno de ellos para reponer fuerzas. Todavía disponemos de un buen rato, para las últimas fotos, hasta que llegue el autocar que nos llevará a nuestro próximo destino.

De fotos por… Sigüenza

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Llegamos a Sigüenza un día lluvioso. Populosa localidad con unos
4000 habitantes, situada a 83 km. de Guadalajara, y a 1000 metros
de altitud. Ciudad señorial, como lo atestigua su imponente castillo
del siglo XII, antaño residencia de obispos y señores de la zona.
Tiene torreones defensivos, patio de armas y puente levadizo. Hoy
es Parador de Turismo, aunque puede visitarse de forma parcial.

Castillo de Sigüenza, vista parcial. Foto Figaredo, Gijón Entrada al Castillo de Sigüenza. Foto Figaredo, Gijón Patio de armas del Castillo de Sigüenza, hoy Parador de Turismo. Foto Figaredo, Gijón.
Bajando, desde el castillo, entramos en la Calle Mayor, donde se
alza la Iglesia de Santiago, del siglo XII y estilo románico tardío. Su
curiosa portada está algo deslucida por el tiempo, aunque es más
auténtico ese cierto deterioro que una mala restauración.

Iglesia de Santiago. Foto Figaredo, Gijón
Siguiendo por la Calle Mayor, en una recoleta plaza, está la casa
del Doncel de Sigüenza; paradigma de la ciudad. Un doncel era el
tratamiento que, en aquella época, recibía un joven de entre 12 y
15 años, perteneciente a familias de hidalgos o caballeros. Martín
Vázquez de Arce, que así se llamaba el muchacho, murió en batalla
a la edad de 25 años; es decir, cuando ya no era un doncel. Corría
el año de 1486. Sus padres, de buena posición, encargaron una
magnífica escultura de alabastro para su capilla de la catedral. Se
trata la figura de un guerrero recostado, de gran realismo, leyendo
un libro. Calificada, por el filósofo Ortega y Gasset, como “la más
bella escultura fúnebre de España”.

Casa natal del Doncel de Sigüenza. Foto Figaredo, Gijón
Seguimos paseando por Sigüenza fijándonos en los detalles de
una ciudad amurallada, como las puertas de salida, en cuyo interior
se observa una hornacina con la imagen de la Virgen, a quien se
encomendaba el caminante cuando salía de la ciudad.

Hornacina, con Virgen, en puerta de muralla. Foto Figaredo, Gijón.
Finalizamos nuestro periplo en la catedral, del siglo XII, dedicada
a Santa María la Mayor, patrona de la ciudad. Es un enorme edificio
mezcla de gótico y románico. Delante de la puerta principal hay un
patio enrejado donde, en tiempos pasados, los visitantes y vecinos
debían guardar el debido recato en sus actitudes; puesto que ese
suelo se consideraba igual de sagrado que el del interior. Destaca,
además de la escultura del Doncel, la sacristía mayor o de Las
Cabezas (más de 300), que deja boquiabierto al visitante. Durante
la Guerra Civil la catedral fue un importante baluarte defensivo del
bando republicano, cuya guarnición, tras fusilar al obispo, se
atrincheró en los tejados del edificio hasta que fueron aniquilados
por tropas del bando nacional. También sufrió ataques aéreos de la
aviación alemana y republicana. A resultas de todo ello, aún hoy día
pueden observarse numerosos impactos de munición de diverso
calibre.

Catedral de Sigüenza, vista parcial. Foto Figaredo, Gijón Catedral de Sigüenza, entrada. Foto Figaredo, GijónAunque el día que pasamos en Sigüenza fue lluvioso y ventoso,
no fue obstáculo para hacer fotos de todo lo que se puso a tiro; habida cuenta de que estaba repleta de visitantes –al ser Semana Santa- y no es fácil eludir el gentío en el encuadre. Luego, en la edición posterior, las he pasado a blanco y negro para poder jugar con el contraste y realzar los tonos grises de la piedra. En algunas tomas, la combinación de diversos parámetros da lugar a imágenes con un cierto efecto dramático. Es la ventaja de los días grises. Y es que cualquier día puede ser bueno para hacer fotos.

Un marco de fotos por San Valentín

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El origen de la festividad de San Valentín se remonta a la antigua
Roma cuando, en el siglo III, un sacerdote cristiano desafió al
emperador Claudio II, quien prohibió la celebración de matrimonios
entre los jóvenes al considerar que los solteros, al carecer de
ataduras, eran mejores soldados. El sacerdote, Valentín, juzgó
injusto ese decreto y celebraba los matrimonios de los jóvenes
enamorados en secreto. Dicho religioso fue capturado, torturado y
ejecutado un 14 de Febrero.
Hoy día todo el mundo sabe que la festividad es una ocasión para
regalar algún objeto a la persona querida. El enamoramiento puede
llegar a cualquier edad aunque, por lógica, tiene más prevalencia
entre la juventud. Conscientes de ello hemos preparado una
selección de marcos de fotos propicios para ser regalados en este día.
Pueden ser para dos fotos, tener corazones, pinzas… todos
elementos que, según las estadísticas, son tendencia entre la gente
más joven; lo que no quita que también gusten a personas de muy
diferentes edades. Ser joven también es cuestión mental.
Para animar la venta, todos los marcos encuadrados en dicha
selección disfrutarán de un descuento especial del 14% sobre el
precio marcado. Esta oferta estará vigente del 1 al 14 de Febrero o
hasta fin de existencias. Tened en cuenta que, de muchos, solo hay
una unidad, con lo cual quien primero llegue tendrá más opciones
para escoger. Aquí va la selección de los marcos en stock:

marco con corazones. Foto Figaredo, Gijónmarco, con corazón, para foto 9x13. Foto Figaredo, Gijónmarco, con corazón, para foto 10x15. Foto Figaredo, Gijónmarco, para foto de enamorados, en 10x15. Foto Figaredo, Gijónemarco, con dos corazones, para foto 10x15. Foto Figaredo, Gijónmarco, con forma de casa y corazón, para foto 10x15. Foto Figaredo, Gijónmarco con forma de casa y corazón, para dos fotos 10x15. Foto Figaredo, Gijónmarco madera para dos fotos 10x15. Foto Figaredo, Gijónmarco madera blanca para dos foto 10x15, con bisagra. Foto Figaredo, Gijónmarco para foto delantera y trasera. Foto Figaredo, Gijónmarco chapado, con bisagras, para dos fotos 10x15. Foto Figaredo, Gijónmarco con bisagra para dos fotos 10x15. Foto Figaredo, Gijónmarco con rejilla y pinzas. Foto Figaredo, Gijónmarco con pinzas para varias fotos. Foto Figaredo, Gijónmarco con pinzas y corazón. Foto Figaredo, Gijón

marco, con pinza, para foto 10x15. Foto Figardo, Gijon.soporte de madera, con pinzas para fotos pequeñas. Foto Figaredo, Gijonmarco, para 4 fotos, con cactus. Foto Figaredo, Gijónmarco para foto redonda. Foto Figaredo, Gijón

De fotos por… Pastrana

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Tras visitar la villa de Atienza, continuamos nuestro particular viaje
a la Alcarria visitando la localidad de Pastrana. Cercana a los 900
habitantes, la villa Ducal de Pastrana es Conjunto Histórico-Artístico
desde 1966 y está ubicada al sur de la provincia de Guadalajara.

Letrero y escudo de Pastrana. Foto Figaredo, Gijón
Fue fundada en el siglo XIII, por la Orden Religiosa Militar de
Calatrava, tras la expulsión de los árabes. Posteriormente pasó a
manos del rey Carlos I, quien la vende a Doña Ana de la Cerda
(condesa de Mélito y viuda de Don Diego Hurtado de Mendoza). Ella
comienza la construcción del Palacio Ducal. A su muerte, sus hijos
venden el pueblo a los Príncipes de Éboli: Don Ruy Gómez de Silva
(amigo y consejero de Felipe II) y su esposa Doña Ana de Mendoza
y de la Cerda, nieta de la Condesa de Mélito, quien fue la famosa
princesa tuerta de Éboli. Posteriormente el rey les otorga el título
de Duques de Pastrana. A partir de ahí empieza la época dorada de
Pastrana (siglos XVI y XVII). En 1569 los duques llaman a Santa
Teresa de Jesús y la ayudan a construir dos conventos de la Orden
de las Carmelitas Descalzas, uno de hombres y otro de mujeres.
También fundan la Colegiata y una gran fábrica de tapices.

Palacio Ducal de la Princesa de Éboli. Foto Figaredo, Gijón
Tras la muerte del duque, la duquesa y princesa de Éboli decide
ingresar en el convento. Parece ser que la vida monacal no era de
su agrado y protagoniza varios altercados. Teresa de Jesús se va de
allí, con sus monjas, y el rey Felipe II ordena a la princesa regresar
a la Corte para ocuparse de su patrimonio y familia. En Madrid lleva
una vida disipada. Sus intrigas con el secretario real suponen una
amenaza para el rey, que ordena su detención en 1579. Encerrada
en su propio palacio muere en 1592.

Torreón del Palacio Ducal Balcón de La Hora. Foto Figaredo, Gijón
Lo primero que visitamos en Pastrana es el Palacio Ducal, de
estilo renacentista y, quizá por el morbo, todo el mundo quiere ver
la habitación donde estuvo recluida la princesa durante 13 años. Es
una estancia de unos cinco metros de largo por cuatro de ancho.
Había un torno por donde le pasaban comida y bebida. Cuenta la
leyenda que solo durante una hora al día se le permitía asomarse a
un balcón enrejado protegido con una celosía. Ahí contemplaba la
Plaza Mayor sin ser vista. Pasó a llamarse la plaza de La Hora.

Plaza de La Hora, Foto Figaredo, Gijón
Respecto al parche en el ojo hay diferentes versiones: desde que se
quedó tuerta de niña al caer de un caballo, hasta la que sostiene
que lo llevaba por impresionar a su rey. Lo impresionante es pensar
cómo puede cambiar la vida de una persona: pasó de ser una
influyente y acaudalada dama de la corte a una reclusa en una
habitación de su propio palacio.

Callejuela de Pastrana en el barrio del Albaicín. Foto Figaredo, Gijón Barrio judío de Pastrana. Foto Figaredo, GijónEstrella de David. Foto Figaredo, Gijón
Pastrana conserva gran parte de su trazado medieval. Un simple
paseo por sus estrechas calles nos traslada a otros tiempos, como en el Barrio del Albaicín (barrio judío del siglo XVI), donde se puede
apreciar que las casas son algo más anchas en la parte alta que en
la de abajo. En una de ellas puede verse la estrella de David. En la
misma calle hay otra casa con el escudo de la temible Inquisición,
donde puede verse la cruz, la espada y una rama de olivo.

Escudo de la Inquisición. Foto Figaredo, GijónFuente de los Cuatro Caños. Foto Figaredo, Gijón.
Otro punto de interés es la Fuente de los Cuatro Caños, situada
en un entronque de calles. Es del siglo XVI y el agua brota de
cuatro mascarones con diferentes expresiones. Conservada tal cual.
Parada obligada en la Colegiata de Nuestra Señora de la Asunción
con portada gótica (siglo XV). Este enorme recinto con aires de
catedral alberga en su interior el Museo Parroquial, destacando una
magnífica colección de Tapices Flamencos de Alfonso V de Portugal.
En el exterior hay un patio, con crucero, donde se puede leer una
lápida que conmemora los fusilamientos que tuvieron lugar durante
la guerra civil.

Colegiata de Nuestra Señora de la Asunción. Foto Figaredo, Gijón Patio de la Colegiata. Foto Figaredo, Gijón.Soportal en Plaza Mayor. Foto Figaredo, Gijón
Regresamos a la Plaza Mayor (o de La Hora). Allí nos guarecemos
de la lluvia en un antiguo soportal. Era común hacer vida en ellos;
no tanto por las inclemencias meteorológicas sino por ser lugar
propicio para la compraventa de mercancías diversas. En Pastrana
se celebra una gran Feria Apícola Internacional la segunda semana
de Marzo. La miel de la Alcarria posee una excelente calidad y es
típico artículo para llevar de recuerdo, junto con el chocolate que
podemos comprar en varios establecimientos que encontraremos
durante nuestro relajado paseo. Luego entramos a tomar algo en
uno de los bares de la calle principal. Conserva el sabor de los
antiguos establecimientos de la localidad; nada que ver con las
modernas cafeterías de la gran ciudad.
Tras tomar las últimas fotos ponemos rumbo a otro destino de
nuestro viaje a la Alcarria.

Plano de Pastrana folleto del Museo de Tapices

De fotos por… Atienza (2ª parte)

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Centrándonos en su castillo podemos apreciar las murallas, que
conservan solo una mínima parte de su altura original, y la torre del homenaje en la esquina sur. Es de planta cuadrada, con puerta en
la planta baja, salas interiores y una escalera en el muro que
asciende a las zonas superiores y a la terraza. Como elemento
defensivo destaca el garitón volado que sobresale en la esquina
meridional de la torre. Aunque el recinto da la impresión de haber
sido vaciado, el conjunto no ha perdido un ápice de su impacto
monumental. El material predominante en su construcción es la
piedra y la técnica empleada el sillarejo unido con argamasa.

Castillo de Atienza. Foto Figaredo, Gijón.
Atienza posee un patrimonio arquitectónico impresionante:
además del castillo está la muralla, la Iglesia de la Trinidad (S. XII),
la Iglesia de San Gil (S. XII) con su Museo de Arte Religioso, la de
San Bartolomé (S. XIII) con su Museo Paleontológico, la de Santa
María del Rey (S. XII), la Iglesia de San Juan del Mercado (S. XVI),
o la Plaza del Trigo, que es una de las más hermosas de Castilla,
tan cerca del popular Arco Arrebatacapas. Mencionar también la
Posada del Cordón, antiguo caserón del siglo XV, que alberga el
Centro de la Cultura Tradicional de la Provincia de Guadalajara, con
más de 600 piezas de gran valor etnográfico.

Mapa-callejero de Atienza. Turismo Atienza.
Hicimos visita guiada en la Iglesia de la Trinidad, con recuerdos
de la Cofradía de la Caballada y un magnífico museo de arte sacro.
Entre sus piezas destaca el Cristo del Perdón de Salvador Carmona.
El guía, cura párroco de 86 años, nos comentó -para que nos
hiciéramos una idea de su valor- que cuando fue cedido para la
Exposición de Las Edades del Hombre la aseguradora cobró un
millón de euros en concepto de prima para póliza de transporte. Es
de un realismo espectacular. También nos mostró el Cristo de los
Cuatro Clavos, pieza románica así llamada porque no tiene los pies
cruzados, una enorme pila bautismal románica, un curioso retablo
con un sagrario circular y una capilla lateral con profusión de
adornos en pan de oro. Estas dos últimas fueron regalos de reyes.
Este octogenario párroco, infatigable, nos contó un buen número de
anécdotas relativas a su iglesia preferida. A pesar de su avanzada
edad todavía oficia misa en las iglesias del lugar; de hecho, antes
de despedirse nos dijo “mi pueblo me espera”.

Retablo Iglesia de La Trinidad. Foto Figaredo, Gijón
Resumiendo, estamos ante un armónico conjunto urbano en el
que plazas y calles, con muchas casas blasonadas, se articulan y
entrelazan con serena belleza, constituyendo uno de los más
hermosos y evocadores complejos arquitectónicos que pueden
contemplarse aún en Castilla. Es el mudo pero elocuente recuerdo
de un pasado que permanece inmóvil en Atienza. Para volver.

Cristo de los Cuatro Clavos. Foto Figaredo, Gijón.Catafalco en Museo de la Trinidad. Foto Figaredo, GijónCantoral sobre facistol. Foto Figaredo, Gijón.

De fotos por… Atienza (1ª parte)

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La villa de Atienza tiene orígenes remotos y una historia convulsa.
Situada en la ladera de un cerro, habitada por los celtíberos,
resistió a los romanos y solo cayó en su poder cuando lo hizo
Numancia. Una vez tomada Atienza, los romanos construyeron una
atalaya en la que siglos más tarde los árabes harían uno de sus
más significativos baluartes frente a las acometidas de los reinos
cristianos del norte. Su imponente castillo está situado en lo más
alto del cerro. Fue fortificado por los árabes y hasta los siglos XI y
XII, cuando fue conquistado por Alfonso VI, no adquirió su aspecto
definitivo. Forma parte de la propia roca y es tan inexpugnable que
el propio Cid Campeador, camino del destierro, no se atrevió a
conquistarlo por considerarlo “una peña muy fuerte”.

Castillo de Atienza. Foto Figaredo, Gijón
De alto valor estratégico, Atienza se convirtió en punto esencial
para la defensa de la frontera, primero frente a los musulmanes y
después frente a la corona de Aragón. Además, su situación en un
lugar de fácil comunicación entre las dos mesetas y entre Castilla y
Aragón, propició una de las actividades más extendidas entre sus
habitantes: el transporte y la arriería. Precisamente sus arrieros
protagonizaron un valeroso episodio cuando el rey Alfonso VIII, con
tan solo cuatro años de edad, fue ayudado a escapar del asedio al
que le habían sometido las tropas de su tío y regente Fernando II
de León. Idearon un astuto plan que consistió en disfrazarlo como
uno de ellos y salir entre los caballos. Desde entonces se celebra “la
caballada”, fiesta de Interés Turístico Nacional, que recrea el suceso
con auténticos caballos montados por gente del pueblo y hasta por
el cura párroco de la Iglesia de la Trinidad (siglo XII), que nos contó
como se cayó varias veces por la bravura de los caballos.

balcón de casa noble. Foto Figaredo, Gijón casa noble con escudo. Foto Figaredo, Gijón
Lógicamente la villa fue la preferida de Alfonso VIII, que la colmó
de privilegios y regalos, progresando espectacularmente. En la Baja
Edad Media llegó a contar con 14 iglesias y numerosos edificios
nobles al ponerse de moda, imitando al rey, pasar temporadas en la
villa. Fue una época de esplendor que se vio truncada a mediados
del siglo XIV por las guerras de los Infantes de Aragón, cuando se
tomó la fortaleza, provocando la huida de sus habitantes y la
destrucción de la villa por las tropas de Juan II de Castilla y Álvaro
de Luna. Posteriormente, Enrique IV eximió de impuestos a los
atencinos, tratando de repoblar la villa. Con la llegada de los Reyes
Católicos perdió su valor estratégico, quedando reducida a núcleo
semiurbano y cabecera comercial, artesanal y administrativa de la
comarca.

Arco arrebatacapas. Foto Figaredo, GijónSoportal de la Plaza del Trigo. Foto Figaredo, Gijón

(Continuará la próxima semana)