Corría el año 1977… Matías llevaba fuera de España desde 1937;
es decir, cuarenta años evadido. Vivía en una pequeña aldea de
Asturias, de donde escapó cuando quisieron obligarle a luchar en
esa guerra cruel… Se las arregló para llegar a un puerto, viajando
de noche a lomos de un viejo caballo. Una vez que llegó junto al
mar, cortó la amarra de una pequeña barca y escapó remando en
medio de la oscuridad. Tuvo la suerte de ser recogido por un barco
francés, un pesquero, donde no le hicieron preguntas. Trabajó para
ellos hasta que regresaron a Francia donde pidió asilo y vivió
alejado del conflicto hasta que estalló la Segunda Guerra Mundial.
Pacifista convencido, volvió a poner mar de por medio y se enroló
en un mercante que iba para el sur de África. Cuanto más lejos
mejor, pensó. Así pasaron los años, de barco en barco, recorriendo
el mundo hasta que, una vez muerto Franco e intuyendo que su
país estaba en paz, decidió regresar. Cuando se fue tenía 18 años.
Su mayor anhelo era ver a su madre, de la que nada sabía. Llevaba
una foto suya en la cartera. Se la hizo un fotógrafo ambulante de
los que iban por los pueblos. Aquella foto resistió el paso de los
años, congelado el momento como en una maquina del tiempo.
Le había escrito alguna carta para que supiera que estaba vivo,
pero nunca puso remite por su vida nómada y el miedo a ser
capturado; por lo tanto no sabía si estaba viva o muerta.
Llegó sin avisar a su aldea. Se bajó del tren y buscó su casa,
cercana a la vía. Dónde una vez hubo un hogar solo encontró
paredes medio comidas por la hiedra… Apesadumbrado miró a su
alrededor. El corazón le dio un vuelco cuando vio a una viejecita,
vestida de negro, tendiendo ropa cerca de un sembrado. Se acercó
a ella deseoso de ver una cara familiar. No la conocía. Se presentó
ante ella y le explicó quien era. La buena señora le miró, un tanto
desconcertada y recelosa. Él saco la foto de su madre y se la
enseñó. Los ojos de la mujer se iluminaron al reconocer esa figura.
Con lágrimas en los ojos le dijo que un día llegaron los milicianos a
buscar a su hijo para llevarlo al frente. Al no encontrarlo, montaron
una ametralladora en uno de los balcones para tratar de frenar el
avance de las tropas nacionales. Pura rutina. Dejaron unos hombres
allí y se marcharon. A las pocas semanas llegaron los sublevados y
quemaron las casas desde donde se les ofrecía resistencia. A la
madre la evacuaron a otro pueblo donde vivía con una prima desde
entonces. Martías abrazó a la anciana y le dio las gracias. Aquella
foto había servido para refrescar una memoria ya frágil.
Al día siguiente se encontraron, al fin, madre e hijo tras cuarenta
años separados. Corría el año 1977…

FEVE-Asturias

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