Que todo vuelve es un hecho. La fotografía no ha de ser una
excepción y, de la mano de la empresa Lomography, vuelven los
viejos objetivos de latón pulido; como este Achromat de 69 mm.
Con esa distancia focal, de discreto teleobjetivo, es ideal para
retratos. Su buena luminosidad, con abertura máxima de diafragma
en f/2.9, lo hace versátil para muy diferentes condiciones de luz.
Digo esto porque cuando hay buena luz cualquier objetivo se porta
bien. El problema es cuando la iluminación del sujeto es escasa y
deseas una pequeña profundidad de campo; es decir, el personaje
principal enfocado y el fondo desenfocado. Ahí es donde un objetivo
zoom normal, de aficionado, no suele dar la talla…
La fotografía fue inventada en la localidad francesa de Chalon-
sur-Saône, por Joseph Nicéphore Niépce, en colaboración con Louis
Daguerre, y las primeros ensayos se remontan a 1825; aunque no
se han se han conservado esas primeras fotos. No fue hasta 1839
cuando inventan el Daguerrotipo, el primer proceso fotográfico
químico de la historia, con una placa de cobre recubierta de yoduro
de plata que expuesta a la luz durante unos 10 minutos, bajo luz
brillante, dieron lugar a las primeras fotos que se conservan. La
imagen se revelaba con vapores de mercurio, muy tóxicos, y ese
frágil negativo necesitaba protegerse con un cristal sellado para que
el aire no lo estropease. Rápidamente mejoraron el sistema y, un
par de años más tarde, ya se podían hacer fotos con un tiempo de
exposición de 1 minuto. La estética de los objetivos de entonces es
recreada hoy por la empresa austriaca Lomography que, mediante
unas plantillas que se introducen en el interior del objetivo,
producen unos efectos de enfoque sedoso, de dispersión del
detalle. De todas formas esto no es nuevo; ya en los ochenta
triunfaba un fotógrafo llamado David Hamilton, creador del glamour
en la fotografía, que se dedicaba a embadurnar la lente frontal del
objetivo con sustancias oleaginosas o, simplemente, proyectando el
vaho de la boca, para conseguir ese efecto glamuroso, como a
través de un cristal levemente empañado, que daba al retrato un
aire impresionista que se puso rápidamente de moda en aquellos
años. Mi madre, sin ir más lejos, retrataba a las señoras con una
media estirada en el objetivo para lograr un efecto similar: las
arrugas se veían atenuadas… ¡y sin retoque!. De hecho los
fabricantes de objetivos bromeaban con su esfuerzo de hacer lentes
cada vez más perfectas, para que los profesionales se dedicasen
luego a ensuciarlas…
Lo dicho; ¡todo vuelve!

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