

Llegamos a media mañana y, tras un opíparo desayuno, nos
alojamos en el Hotel Marina; en pleno centro. Este hotel,
inaugurado en 1.912, se encuentra en uno de esos maravillosos
edificios antiguos, de techos altos y grandes balcones. Una
excelente relación calidad-precio, con desayuno incluido, moqueta
en sus amplias habitaciones, enorme bañera y magnífica vista,
hacen que lo recomendemos a cualquiera que sepa apreciar lo
bueno de la vida.

Ribadesella es un pueblo de unos 6.000 habitantes, con un activo
puerto pesquero y dos partes bien definidas, separadas por un gran
puente. Tenemos, por un lado, el casco urbano original; con sus
calles y plazas rebosantes de ambiente. Limita con un buen paseo
que empieza junto a la vía del tren y acaba en el espigón del
puerto. Todo el recorrido está jalonado de bancos donde la gente se
sienta a charlar y contemplar el paisaje. Al final hay unas escaleras
para subir a la ermita de la Virgen de Guía, desde donde se puede
contemplar una espectacular panorámica del mar y la playa de
Ribadesella. En lo alto hay unos antiguos cañones que defendían la
bahía de las incursiones piratas. Al otro lado del puente está otra
zona urbana de tipo más residencial, con abundancia de viviendas
unifamiliares, en bonitas casas de indianos, y pequeños hoteles. En
esta parte está la playa con su largo paseo marítimo. Nada más
cruzar el puente, a mano derecha, está la entrada a la gran cueva
de Tito Bustillo y un hermoso parque junto al río. En ambos lados
hay abundante oferta hostelera.


Ribadesella es apacible, con un fabuloso paisaje y una luz
especial. Un lugar estupendo si os gusta caminar y tomar algo
tranquilamente en alguno de sus muchos bares; en uno de ellos, un
pub llamado “El tren”, recrean un vagón restaurante de época, con
el techo curvo, lamparitas, y una ventanilla virtual junto a cada
mesa. No le falta detalle: letreros como “es peligroso asomarse”,
objetos típicos ferroviarios y una cuidada selección musical de los
años 70 completan un magnífico ambiente para tomar una copa
después de la cena. Como en toda Asturias la buena gastronomía
está garantizada. Uno de esos lugares con encanto. ¡Para repetir!
La vida pasa llena de buenos y malos momentos; solemos tender a
recordar más los primeros. El cerebro nos hace ese pequeño favor.
Con el paso del tiempo la memoria flaquea y esos bellos recuerdos
se diluyen en los avatares diarios terminando por desaparecer. La
solución es documentar gráficamente esos instantes; es decir, hacer
fotos. Si hay una época del año en que, presumiblemente, somos
más felices, es la de vacaciones. El relax que supone carecer de
obligaciones y responsabilidades, junto con el placer que produce
conocer nuevos lugares es la clave. De hecho es cuando más fotos
se hacen. Ahora bien, ¿qué hacemos con esas imágenes? ¿nada?
He ahí el gran error que mucha gente comete. Lo primero es hacer
una selección con las mejores fotos. Las pasamos a una carpeta y a
imprimir. Si las tenemos en el teléfono basta con descargar la
aplicación gratuita “order-it mobile” para marcar las que más nos
gustan y luego pasar por la tienda a revelar.

Una vez tenemos las fotos en la mano viene el segundo paso:
archivarlas de alguna manera. Hay quien las mete en cajas de
zapatos, o en un cajón de la mesita. No deja de ser un síntoma de
dejadez. Además, en un futuro, no se van a encontrar cuando se
quieran ver de nuevo. Lo propio es organizarlas en álbumes de
fotos. Hay muchos tipos: de cartulina y papel vegetal, de anillas
con hojas autoadhesivas o eslipin, enfundadas con anotaciones… el
que más nos convenga según nuestros gustos, la cantidad, o el
tamaño de las fotos. Las tapas también son de lo más variado, y
su elección dependerá de nuestra personalidad o estado vital. Las
hay clásicas, modernas, personalizadas, o de coloridos diseños. Los
materiales van desde el sufrido polipiel al delicado textil, pasando
por el económico cartón prensado. Cada año hay cambios, tanto en
decoración como en el material, al vaivén de las modas…
Todo se resume en tener nuestras fotos ordenadas y localizadas,
decorando nuestro hogar en lugar principal. Porque quien no da
importancia a sus fotos carecerá de recuerdos y tendrá una vida
vacía y triste.
Y tú… ¿Donde guardas tus fotos de vacaciones?

En estas dos fotos de Loty podemos asomarnos a unos veraneos
en blanco y negro, de al menos un mes de duración. Era la época
de los balnearios y los baños de ola, de estar en la playa vestidos
con ropa de calle remojando los pies. De bañadores de cuerpo
entero. De bastón y bombín. Con niños en pantalón corto. Fiel
reflejo de una sociedad pacata y fácilmente escandalizable…
Hoy sonreímos con esas viejas fotos. ¡Cómo era antes la gente!,
pensamos, sin darnos cuenta de que dentro de cien años dirán eso
mismo de todos nosotros…

Volví al mismo bosque en una noche de luna llena. Reconozco
que tuve que tragar saliva antes de internarme por el mismo
camino que otrora me parecía tranquilo, seguro y hospitalario…
Provisto de linterna fui avanzando, cauto, hasta la parte más
frondosa. Los sonidos eran diferentes a los diurnos. Búhos y
lechuzas ululaban rasgando el profundo silencio de la noche.
Mosquitos y polillas se arremolinaban en torno al haz de luz que mi
linterna provocaba. Algún murciélago aprovechó la situación con
repetidas pasadas buscando alimento en los insectos que pululaban
cerca de la luz. Un ruido en tierra atrajo mi atención. Algo o alguien
escarbaba… Escuché pisadas en el suelo alfombrado de hojas
secas. De pronto, un miedo atávico se apoderó de mí. Me vinieron a
la mente las truculentas historias que mis mayores relataban
cuando era niño; como la muerte de una pareja de guardias civiles
por los lobos, o la terrible leyenda de la Santa Compaña: siniestra
procesión de monjes, cubiertos con capuchas, que iban caminando
por los oscuros bosques gallegos y asturianos iluminados con
antorchas. Espíritus corpóreos que, en ocasiones, se detenían junto
a la casa de alguien cuya muerte anunciaban…
Dirigí mi linterna hacia el ruido de pisadas y… descubrí a una
hembra de jabalí con sus crías detrás. Sus ojos brillaban en la
oscuridad a la luz de la linterna. El miedo y la prudencia me
obligaron a dar media vuelta y salir pitando de allí. Huelga decir
que jamás he vuelto a un bosque por la noche. Es, sencillamente,
aterrador…
Nota del autor: Sí; la foto es la misma, un poco cambiada.
Santa Eufemia, Asturias. Junio de 2017. Por fin, tras cinco días de lluvia, luce el sol de nuevo. Sentado en la terraza, disfruto de una agradable temperatura. Veo una lagartija correteando por el borde del murete. Entra en agujeros y oquedades. De uno de ellos sale con una pequeña araña en su boca. La suelta y la coge, como jugando, para zampársela tranquilamente. Algo más lejos, una pareja de urracas parecen charlar de sus cosas. Las vacas pastan en los prados. Se escucha, de fondo, una suave brisa que mece las ramas de los árboles y el trino de los pájaros… En el huerto de los vecinos, al otro lado del prado, distingo la figura de Mari recogiendo cebollas. Azada en mano golpea la tierra. Se agacha y se levanta en interminable secuencia. Un poco más allá, en la carretera, pasa Teo con su tractor camino de la hierba… Tras el paréntesis del mal tiempo todo el mundo se afana en hacer algo.
Es tiempo de tila, ciruelas y cerezas. De guindas para hacer anís. Se respira aire limpio y puro, con un ligero aroma a vegetación recién lavada. El campo luce buen aspecto, de un intenso verdor. Aprovechamos para dar un paseo hasta la aldea vecina. Luego, de vuelta, paramos junto a la ermita para recoger algo de laurel y contemplar las montañas más lejanas. Nos acercamos al chigre a tomar unas cervezas, charlar con los paisanos y jugar a las cartas. Pequeños planes, grandes alegrías. Vida tranquila. Vacaciones.
Al día siguiente subimos al cerro donde se encuentra el castillo y
entramos a visitarlo. Hay taquilla, cafetería y tienda. Con la entrada
te dan un audio-guía para que escuches las explicaciones de todo lo
que ves en cada estancia. La vista empieza con un audiovisual muy
bien realizado. Te colocan en el ambiente de la época para entender
mejor el lugar en que uno está y su historia. Luego comienza la
visita, por libre, de todo el castillo. Desde las mazmorras hasta el
tejado. Todo está impecable. Estamos en un auténtico museo con
todas las habitaciones amuebladas.

Por los pasillos se ven panoplias y armaduras. Nos llama la
atención los aposentos de Eugenia de Montijo: su cama con dosel,
su aparador, su bañera… todo marcado con la letra “E” para que
nadie se llame a engaño sobre la identidad de la dueña…



Todas las ventanas tienen poyos para sentarse. Las habitaciones
incluyen chimenea. Es fácil imaginarse el frío que puede hacer en
pleno invierno. De hecho era común que el señor del lugar
atendiese a las visitas sin salir de la cama. Lo más divertido fueron
las letrinas: unos simples agujeros en la piedra que dan al exterior,
con una caída de unos veinte metros. No olía, no.



Impresionantes los techos de los pasillos y estancias más nobles.
Casi todos en excelente estado de conservación. Desde arriba,
entre las almenas, se divisa una gran panorámica. Todo el pueblo y
la vasta llanura manchega salpicada por pequeñas localidades.
El recorrido puede prolongarse lo que uno desee. Estuvimos unas
dos horas viéndolo todo. Al salir nos fijamos en lo que parece un
pozo franqueado por dos columnas y una gran báscula para pesar
animales, mercancías… o personas.
Dejamos atrás el castillo y exploramos el tranquilo pueblo. En
gran parte conserva su muralla con puertas cada cierto trecho. Se
respira paz y sosiego. Es una delicia sentarse en la terraza de algún
bar a tomarse una caña tras el largo paseo.
Por la tarde dimos un garbeo por los alrededores del pueblo.
Vimos agricultores labrando un suelo seco y pedregoso. Muy pocos
árboles. Admiramos los molinos de viento tan típicos de la zona. No
en vano estamos en plena ruta de El Quijote.
Para las fotos, de las que hay profusión en este artículo, utilizamos objetivo normal o gran angular. En los molinos -y en todo el pueblo- es indispensable
un filtro polarizador, para contrastar la blancura de sus paredes con
el azul del cielo. Aquí la luz, comparada con Asturias, es cegadora.
Al día siguiente madrugón para tomar el bus a Cuenca, la capital.
Pero eso ya es otra historia…

A pesar de su reducido tamaño, el pueblo de Belmonte tiene
muchos monumentos que visitar: Su Colegiata gótica construida
sobre una antigua iglesia de los visigodos, el antiguo Alcázar
totalmente restaurado, las ruinas del antiguo Hospital de San
Andrés, la Plaza del Pilar… y el cinematográfico castillo con su
muralla que, partiendo del mismo, abraza toda la localidad. Vamos
a centrarnos en este último monumento por su excelente estado de
conservación tanto exterior como interior.

El castillo de Belmonte (siglo XV) es de estilo gótico-mudejar.
Durante unos años fue habitado por el marqués Diego López
Pacheco. En el siglo XIX fue heredado por Eugenia de Montijo
(condesa de Teba); la que fue emperatriz de Francia al casarse con
Napoleón III. Ella fue la que inició su restauración, que terminó su
sobrino-nieto el conde de Peñaranda.

La fotogenia del castillo es indudable. De hecho fue el escenario
de la película El Cid, protagonizada por Charlton Heston y Sofía
Loren en 1.961. Buena parte de los habitantes participaron como
extras en aquella famosa producción. También fue rodado en
Belmonte El crimen de Cuenca, de Pilar Miró, Los señores del acero
o El señor de los anillos, entre otros títulos.


Llegamos a Belmonte en autobús desde Madrid (empresa Samar)
a eso de media tarde. Poco más de dos horas. Nos gusta viajar así,
sin prisas, disfrutando del paisaje y el paisanaje. Belmonte marca el
final de la línea, en una coqueta estación de autobuses con su
pequeño bar. El típico que también es frecuentado por los
parroquianos del lugar. Donde todos se conocen. Preguntamos a
una señora por el hostal donde reservamos habitación y, en vez de
indicarnos, nos acompañó hasta la puerta. Nunca me cansaré de
valorar esa amabilidad que todavía se conserva en los pueblos.
(Continuará…)