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La guerra existe desde que el mundo fue poblado por seres
humanos. A pequeña o gran escala. Hay guerras tribales,
regionales y mundiales. Incluso pequeñas guerras vecinales. Lo
llevamos en la sangre como un invisible chip de autodestrucción.
Una marca de la casa. La cima de la estupidez humana; esa que
empieza por necios actos de rebeldía, como no hacer caso la
bandera roja de la playa o caminar por la vía del tren con los
auriculares puestos…
Asistimos estos días a una fuerte escalada de la habitual tensión
entre Corea del Norte y Estados Unidos. Analizando el cariz de los
acontecimientos, el carácter de sus dirigentes y los intereses de
terceros países como China, Rusia, Japón y Corea del Sur, no es
improbable que asistamos a una reedición de la guerra de Corea,
que transcurrió entre 1.950 y 1.953, corregida y aumentada.
En cualquier guerra tenemos la figura del reportero. Un fotógrafo
y periodista que se juega el tipo para conseguir las mejores fotos
del conflicto de turno. Esas imágenes que luego aderezan las
crónicas de los periódicos con los que desayunamos cada mañana.
Una foto de cualquier guerra debe transmitir la crudeza de los
combates, el drama humano de la población civil, la alegría de los
vencedores y la desolación de los vencidos. Hubo fotos míticas
como aquella, en la guerra del Vietnam de los años 70, en la que
salía una niña corriendo desnuda con las quemaduras del napalm
en su piel… Dio la vuelta al mundo, recibió premios y sirvió para
que la opinión pública tomase conciencia, y partido, de aquella
realidad. Porque las fotos de guerra, además de alimentar el morbo
de la gente, consiguen decantar la balanza de la propaganda en
uno u otro sentido. Consiguen que nos removamos incómodos en
nuestros asientos, sintiendo una mezcla de alivio por no estar allí y
de tristeza por la constatación de la brutalidad humana.
La guerra, segundo jinete del Apocalipsis, va a dar a luz otro de
sus tenebrosos retoños. Sufrimiento para unos y negocio para
otros. El binomio destrucción-construcción será realidad de nuevo.
Aunque nos pille lejos siempre salpica de alguna manera. Se
aproximan tiempos de guerra, pero el mundo seguirá girando.

Portaviones Intrepid. Foto de Rubén Figaredo.

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