Continuamos con pasajes del libro “Técnica fotográfica”, de
Antoine Desilets. Hoy toca la óptica; “eso” de lo que no puede
presumir un teléfono móvil por muy buenas fotos que haga…
ÓPTICA
Siempre se ha dicho, y con razón, que el objetivo de una cámara
fotográfica guarda mucha semejanza con el ojo humano. Pues bien,
pese a su gran complejidad, el ojo consigue realizar el enfoque de
las imágenes mediante una “lente” única: el cristalino. En efecto,
esta lente posee una extraordinaria capacidad de adaptación.
Gracias a la modificación instantánea de su forma, de su grosor, el
cristalino enfoca automáticamente los objetos situados a una
distancia de pocos centímetros y puede, en una fracción de
segundo, adaptarse para la visión de un cuerpo celeste tan alejado
como la luna.
Hasta el presente, ningún fabricante de objetivos puede
vanagloriarse de poseer el secreto que permita llegar a construir
una lente tan perfecta como el ojo humano. Y si se comparan el
uno con el otro, es simplemente porque se han copiado más o
menos todas las características del ojo con el fin de obtener un
dispositivo mecánico que cumpla las mismas funciones del modo
más aproximado. Con todo, y a pesar de su aptitud para modificar
su curvatura (acomodación), el cristalino no consigue enfocar
simultánea y conjuntamente dos objetos muy separados, cosa que
realiza con facilidad el objetivo fotográfico moderno con ayuda del
diafragma.
Teniendo en cuenta, como se aprecia en la figura, que el
cristalino se aplana al contemplar objetos alejados y adquiere la
máxima curvatura al examinar los más próximos, se comprende el
por qué las lentes utilizadas en fotografía tienen asimismo distintas
curvaturas, desde la forma casi plana de un teleobjetivo de 500
mm, hasta la casi esférica de un hypergone u “ojo de pez” de 7,5
mm, con el cual, precisamente, se consiguen enfocar imágenes
situadas entre distancias de 50 mm hasta el infinito.

óptica

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