Érase una vez un niño al que le gustaban mucho los trenes. Desde
muy pequeño pedía a sus padres que le llevasen de paseo hasta la
estación, donde disfrutaba de lo lindo viendo las salidas y llegadas.
Trataba de ir por el camino que iba a la vera de la vía. Todo le valía:
un cercanías, un expreso, un rápido, un mercancías…
Cuando pasaba un tren se subía a la valla y lo miraba extasiado;
incluso solía saludar al maquinista de turno que, divertido, le
devolvía el saludo y hacía sonar su silbato…Un buen día se
presentó la ocasión de hacer un viaje largo para visitar a los
abuelos, y no se lo pensó dos veces: ¡quiso ir en tren!
Surgió un imprevisto que hizo peligrar el viaje pero él insistió en
que le dejasen ir solo, puesto que los abuelos estarían esperándole
en la estación de destino; la última del recorrido. Llegó el día tan
esperado y el niño llegó a la estación, acompañado de su padre,
subió al tren y se acomodó en su asiento, de ventanilla, en un
vagón de segunda clase con departamentos y un pasillo lateral. Se
trataba del tren nocturno, un expreso, que hacía la linea Gijón-
Madrid. El padre habló con el revisor, un señor muy serio, con una
pata de palo, rogándole que vigilase al niño de vez en cuando,
puesto que viajaba solo. Parecía que se conocían de algo. Hizo lo
mismo con un matrimonio que viajaba en el mismo compartimento.
Le dijeron que perdiera cuidado, que viajaría seguro como si fuera
su propio hijo. Los otros cinco ocupantes asintieron igualmente y el
padre se despidió y abandonó el vagón. Eran otros tiempos y se
podía confiar en la palabra de las personas. Después de ayudar a
pasar la maleta de otro viajero por la ventanilla abierta, el padre se
despidió del niño, desde el andén, agitando la mano. El tren hizo
sonar su silbato e inició su marcha. Para el niño, de solo siete años,
empezaba una aventura. Se sentía mayor y le gustaba que sus
padres hubieran confiado en él hasta el punto de dejarle solo con
unos desconocidos. Todos los viajeros del departamento se
portaron muy bien con él. Compartieron su cena y hablaron
animadamente hasta bien tarde. También apareció el revisor para
ver como iba todo y recordarle que estaba allí para ayudarle en lo
que necesitase.
Llegó un momento en que decidieron apagar la luz blanca y dejar
una morada para poder dormir sin estar en completa oscuridad. Ni
que decir tiene que el niño apenas durmió en toda la noche. Miraba
por la ventanilla, escudriñando la oscuridad, fijándose en las luces
lejanas que tililaban, escuchando el ruido acompasado del tren
sobre los raíles, las campanillas de los pasos a nivel, o los
ronquidos del soldado de reemplazo que dormía junto a la puerta
corredera. En medio de la noche tuvo ganas de orinar y, como
todos dormían, se levantó y salió al pasillo buscando el WC. El
revisor, que andaba por allí cerca, le acompañó y le explicó su
funcionamiento. Al terminar pulsó el botón de la cisterna y,
sorprendido, observó como se abría el fondo del inodoro y se veía
la vía. Regresó a su sitio con cuidado de no tropezar con las piernas
de los demás ocupantes.
Amaneció lentamente y, somnoliento, vio como iba aclarándose el
cielo y el sol apareció tímidamente por el horizonte. Al poco rato
llegaron a la estación término, Madrid, y buscó con la mirada una
cara conocida. Allí vio a sus abuelos, esperándole hacía mucho rato
para no perderse la cara de ilusión de su nieto al descender del
tren. Había llegado a su destino cansado pero feliz; y, tras
despedirse de sus compañeros de viaje, les contó apresuradamente
todas sus impresiones.
Os voy a confesar un secreto: ese niño era yo; y aquella fue la
primera de muchas experiencias, en torno al tren, que quedó
marcada en mi memoria como si de una foto se tratase.
El niño de la foto, mi hijo, aparece con un nicki haciendo juego
con los colores del cercanías. ¿Casualidad? ¡Quien sabe…!

El niño y el tren

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