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velero de dos palos. Foto Figaredo, Gijón

Laura vivía en un infierno constante. Su marido, borracho y
manipulador, la maltrataba física y psicológicamente. No habían
tenido hijos y la culpaba por ello. Ella dependía económicamente de
él y por esa razón aguantaba la situación. Hija de un marino
mercante , ya jubilado, renunció a su trabajo cuando contrajo
matrimonio. Aquel fue su gran error.
Un buen día, tras una fuerte discusión con su marido, decidió
marcharse de casa, de la que tampoco era propietaria, y pedir
ayuda en la comisaría más cercana. Allí fue orientada y derivada a
un piso de acogida donde conoció a Antonia, mujer de campo que
atravesaba una situación similar. Hablaron y lloraron durante toda
la noche. Intercambiaron confidencias y una gran amistad surgió
entre ellas. Conscientes de que su estancia en aquel lugar era
temporal pensaron como dar un nuevo rumbo a sus vidas. A su
edad no era fácil encontrar un trabajo estable, y siempre
sobrevolaba el miedo a ser localizadas por sus maltratadores. Laura
decidió hablar con su padre y hacerle partícipe de su situación. El
hombre, conmovido por su relato, llamó a un buen amigo suyo en
Aduanas que siempre le hablaba de las incautaciones de alijos de
droga en el mar, de los barcos que los transportaban y de las
subastas a los que eran destinados. El dinero recaudado en ellas
era destinado al pago de las cuantiosas indemnizaciones y multas a
las que eran condenados los narcotraficantes. El funcionario,
sensible al problema de aquellas mujeres, habló con sus superiores
y movieron hilos… Fruto de estas gestiones consiguieron sacar de
la subasta un velero de dos palos que bien podía servir de vivienda
para Laura y Antonia. La condición para su usufructo sería que
sirviera de refugio a otras mujeres dispuestas a pernoctar en él a
cambio de colaborar en su mantenimiento. No faltaron voluntarias
para la tripulación. Pronto se dieron cuenta de las posibilidades que
ofrecía tan singular alojamiento. Laura, amante del mar por
influencia paterna, convenció a Antonia para obtener el título de
patrón de yate y aprender a gobernar el barco. Obtuvieron licencia
del Ministerio de Turismo para organizar visitas guiadas y, con el
tiempo, pequeños paseos por la bahía. La Escuela de Marina
también colaboró tutelando un programa de adiestramiento a la
improvisada tripulación, comandado por una capitana en prácticas.
A los pocos meses Laura y Antonia, muy motivadas, completaron
los estudios necesarios y estuvieron en condiciones para gobernar
el velero. Comenzaron los viajes para turistas, fotógrafos,
ecologistas… el proyecto “Barco de Mujeres” se había convertido
en realidad. La ansiedad y el miedo de su vida anterior había
desaparecido. El mar resultó ser un revulsivo para cambiar su
mentalidad y fortalecerse física y anímicamente. Concedieron
entrevistas, consiguieron patrocinadores, y su autoestima se
afianzó al mismo ritmo que su nivel económico.
Con el tiempo el velero se les quedó pequeño y, con los
beneficios obtenidos fundaron una ONG para adquirir nuevos barcos
que ayudasen a nuevas mujeres. Su labor no pasó desapercibida a
las instituciones y gobiernos europeos que apoyaron el proyecto sin
fisuras. “Barco de Mujeres” (BM) marcó un antes y un después en
la lucha contra la lacra de la violencia de género, en el
reconocimiento al respeto que, como persona, toda mujer merece.
¡Ojalá llegue un día en que esta historia no sea ciencia-ficción!

cartel del día internacional contra la violencia de género.

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