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   A la vista de este innovador procedimiento para revelar carretes de blanco y negro, que usa el café como base, me vinieron a la memoria los viejos tiempos en que mis padres hacían lo mismo de la manera tradicional: Un cuarto oscuro donde no puedes verte ni las manos, una ampliadora, tres cubetas, dos pinzas largas, tres tanques de revelado estancos a la luz, productos químicos (que luego detallaré), papel fotográfico virgen, agua corriente, luz roja, luz verde… y una secadora (opcional), eran los elementos necesarios.

   Primeramente se revelaba la película expuesta en un tanque, con líquido revelador. En su interior se colocaba el carrete en una especie de guía en espiral para que la película no entrase en contacto sobre si misma. Esta operación debía hacerse completamente a oscuras. Tras un tiempo exacto (de pocos minutos), marcado por el fabricante del revelador, se sacaba la película del tanque y se observaba, brevemente, a la luz de una lamparita color verde oscuro. Si se apreciaban las imágenes, se sacaba la espiral cargada con la película negativa y se introducía en un segundo tanque con el baño de paro (ácido acético). Este producto tenía la misión de parar la reacción química del revelador, que es la que hace aflorar las imágenes de los diferentes fotogramas, ya que si se mantiene en el revelador más tiempo del debido se ennegrece y arruina la película. En pocos segundos se sacaba del tanque y se sumergía en el tercer tanque lleno de líquido fijador. Tras un rato ya se podía encender la luz blanca y lavar con agua las largas tiras de película (un carrete de 36 exposiciones mide sobre metro y medio) para luego colgarlas a secar con un pequeño peso en el extremo.

ampliadora fotográfica

   Una vez revelada y seca la película, ya con la luz roja encendida, se colocaba en la ampliadora, mediante un cajetín, para ir proyectando sobre el papel fotográfico virgen una controlada cantidad de luz con un cierto tiempo de exposición. Cada fotograma del carrete sobre un papel diferente.

foto sumergida en revelador

   A continuación venía mi parte preferida: estos papeles, blancos por ambos lados, se sumergían en una cubeta con revelador. A los pocos segundos, gradualmente, aparecía la imágen sobre el papel; en un proceso que a mí se me antojaba mágico… Cuando se distinguía bien la imagen, se sacaba del líquido, con las pinzas, y sumergía en el baño de paro. Si se terminaba el ácido acético se utilizaba vinagre. Al poco se sacaba de esa cubeta y se se metía en la del fijador. Las pinzas del revelador eran distintas a las del fijador para evitar contaminar ambos productos. Por último se lavaba con agua y se pegaba al baldosín de la pared para que se fuera secando. Posteriormente se colocaban, por tandas, en la secadora (dos planchas curvadas de aluminio con una resistencia) que terminaba de secarlas. Este último proceso ya se hacía con luz normal.

niños en un laboratorio fotográfico

   La vivencia de todo este proceso, tan repetido en mi infancia, quedó grabada en mi memoria para siempre. A veces traía a mis amigos, que quedaban boquiabiertos…Esto era, y puede seguir siendo, la auténtica fotografía artesanal; la que se hace despacio, igual que la buena cocina….

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