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Martín era alto, delgado y fibroso. Pura fuerza hecha supervivencia.
Persona amable y cordial. Siempre con una sonrisa en los labios.
Un tipo singular. Vivía solo en un pequeño chamizo. Trabajador
infatigable, siempre de aquí para allá, segando prados ajenos o
pillando mojaduras cuando iba al bosque a por castañas.
Le conocí de niño, en casa de mi abuela, de una manera curiosa:
Un día que estaba zanganeando en la terraza vi una enorme bola
de hierba seca moviéndose caleya arriba. No iba en un carro, o
encima de una mula; parecía levitar con vida propia. Alucinado,
llamé a mi abuela para que presenciase aquel insólito fenómeno.
De pronto el bulto de hierba se detuvo junto a la entrada de la casa
y una voz aguda salió de su interior. Me saludó, y fue entonces
cuando distinguí unas piernas en la parte de abajo. Echó la hierba a
un lado -iba atada con una cuerda- y entonces lo vi, cuando se
desprendió del saco que llevaba sobre su espalda ocultando su
cabeza. Saludó a mi abuela, que nos presentó, invitándole a su vez
a entrar en casa para descansar un rato. La abuela sacó una botella
de anís de guindas, del que ella preparaba, para agasajar a su
invitado con una copita… Durante el tiempo que pasamos
charlando me llamó la atención su intenso olor a hierba y su agradable
conversación. Hablaba del campo y los peligros del bosque.
Mencionó a unos lobos que, en invierno, merodeaban cerca de la
aldea; divertido al notar el miedo que su relato me producía. Al
cabo de un rato se despidió con un apretón de manos, ásperas y
grandes. Recogió su bola de hierba y siguió su camino con las
últimas luces del día. En otra ocasión me invitó a presenciar el
parto de la vaca de la vecina, a la que solía ayudar. Fue toda una
experiencia verle tirar de las patas del ternero para ayudarle a salir.
Recuerdo a la vaca lamiendo a su cría para limpiar los restos de la
verdosa placenta y descubrir el verdadero color de su pelaje. Luego
le dieron un trozo de pan como premio por el esfuerzo realizado.
En esta foto, que encontré casualmente buscando otra cosa, se le
puede ver, risueño, junto al hórreo de la vecina, mimetizado con el
entorno rural de entonces…

Martín junto a un hórreo. Foto Figaredo, Gijón
Años después me contaron que un cáncer traicionero se lo llevó
al poco de jubilarse. Vivió con humildad y resignación hasta
el final, siendo solo… Martín.

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