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Foto Figaredo

~ Tienda de Fotografía en Gijón

Foto Figaredo

Publicaciones de la categoría: FotoRelatos

“El fotógrafo de sus niños”

06 Viernes May 2016

Posted by mariofigaredo in FotoRelatos

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Etiquetas

fotos bebés, fotos carnet

Mi hija me había encargado llevar al niño, mi nieto, a sacar unas fotos de carnet para la guardería. Qué pena de tiempos vivimos, pensé, en los que ni siquiera una madre puede disfrutar de su hijo, a diario, al tener que trabajar los dos para sacar adelante su hogar. La hipoteca es la culpable de todo; una pesada carga que dura demasiados años.

   El rapacín, de cinco meses, es una preciosidad. ¡Qué va a decir su abuela! Me preocupaba que no estuviera quieto, se echara a llorar, o se cayera del taburete…y no hubiera manera de sacarle las fotos. Al entrar en el estudio me agarró de la manga, con gesto aterrado, presagiando que algo malo le iba a suceder… Dicen que el miedo es libre y él, por lo visto, lo tenía por toneladas. Tal vez tuviera algo que ver su visita al pediatra, pocos días atrás, y la vacuna que le pusieron. El fotógrafo, acostumbrado a tratar con niños, lo primero que hizo fue sonreir, agacharse a su altura y hablarle con un tono sereno y tranquilo para infundirle confianza. Luego nos hizo sentar juntos y, tras unas cucamonas, le hizo varias fotos para escoger alguna en la que el niño saliera bien. Al principio la criatura no estaba muy convencida y pese a las buenas palabras del fotógrafo, rompió a llorar, agarrándome la mano con fuerza. Definitivamente el lugar, plagado de aparatos extraños para él, le causaba una profunda desconfianza… pero después del primer flash y con ayuda de algunos muñecos que el profesional manejaba con soltura, como si de un guiñol se tratase, conseguimos tranqulilizarlo y, al ver que nada malo le sucedía, cambió de actitud y comenzó a mirarlo todo con curiosidad. No llegó a sonreir pero quedó una foto muy digna, con una expresión natural. Felicité al fotógrafo, por su esfuerzo, y salí muy satisfecha del resultado final.

foto carnet de un bebé Foto Figaredo Gijón

  Unos días más tarde, en casa de una buena amiga, estuvimos viendo fotos antiguas de su familia. Eran en blanco y negro. Tenían más de sesenta años. En una de ellas vimos un niño pequeño, de la edad de mi nieto aproximadamente. La foto se conservaba muy bien a pesar del tiempo. Me dio por darle la vuelta y leí: “Foto Figaredo; el fotógrafo de sus niños”. De pronto lo entendí todo…

 

Los relatos del tren: el “Shanghái” (2/2)

08 Viernes Abr 2016

Posted by mariofigaredo in FotoRelatos

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…Esta vez le despertó el ruido de unas barras metálicas que,
manejadas por los ferroviarios de la estación de turno, golpeaban
los ejes de las ruedas para comprobar su estado. El primer sol de la
mañana se filtraba por las cortinas y Manuel comprobó, un tanto
sorprendido, que sus compañeros de asiento ya eran otros. Salió al
pasillo y abrió la ventanilla para tomar el aire y despejarse. Uno de
los viajeros del departamento, maquinista en tránsito, le invitó a
tomar un café mientras le explicaba los pormenores del pedal de
hombre muerto, el arenero, y la capacidad del convoy; con cerca de
dos mil pasajeros a bordo. Manuel, aunque de carácter un tanto
introvertido, tenía cierto don de gentes. Escuchaba con atención
mucho más de lo que hablaba, preguntando cuando no entendía
algo. Con esa actitud no era de extrañar que hiciese amistades con
facilidad en cualquier lugar. Para mitigar el aburrimiento unos leían,
otros dormían o miraban, soñadores, por la ventanilla. La mayoría
hablaba… Manuel veía, oía y aprendía.

De pronto, el tren frenó bruscamente. Los que estaban de pie
tuvieron que sujetarse para no caer al suelo. Manuel se asomó a la
ventanilla, como tantos otros, para ver qué había sucedido. Estaban
cerca de Sitges y vieron al maquinista caminar por el balasto hacia
la cola del tren. Tardó un buen rato en recorrer los veinte vagones,
mirar algo, y regresar. Al pasar a su altura alguien le preguntó por
lo ocurrido y dijo, apesadumbrado, que había matado a un
hombre… Por lo visto un infeliz se había tirado al tren. Guardaron
silencio un buen rato reflexionando acerca de los motivos del
suicida.
A esas alturas el viaje se iba haciendo largo. Lógico pensando en
el gigantesco recorrido que hacían los dos trenes que salían de La
Coruña y Vigo a primera hora de la tarde, se juntaban en Monforte
de Lemos, e iban parando en Ponferrada, Astorga, León, Palencia,
Venta de Baños, Burgos, Miranda de Ebro, Logroño, Zaragoza,
Lérida, Tarragona… por citar las más importantes. Toda España en
sentido transversal.
Por fin, a eso de las 14:30, tras veintitrés horas y media desde Gijón,
el “Shanghái” llegaba a la estación de Francia (Barcelona término).
Acabada en curva. Última del recorrido. Nuestro protagonista se
bajó del tren con sensación de inestabilidad. Demasiadas horas en
movimiento. No obstante estaba satisfecho. En aquellos años, para
un estudiante, el viaje en tren era un mundo de vivencias.
Manuel veía, oía y aprendía…tanto como en la facultad.
Este relato está inspirado en hechos reales…

Evoca una época sin internet ni móviles…

Viajé en ese tren unas cuantas veces…

Me identifico con Manuel…

De hecho, puedo ser yo mismo.

Wagon-lit

Los relatos del tren: el “Shanghái” (1/2)

01 Viernes Abr 2016

Posted by mariofigaredo in FotoRelatos

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Tren pasando el Puerto Pajares Año 1979. 14:55 horas de un día cualquiera. Manuel se disponía a coger el tren correo, también llamado Omnibus, que invertía unas cinco horas en recorrer el trayecto que separa Gijón de León. Paraba en todas las estaciones y apeaderos. Cedía gentilmente el paso a cualquier otro tren que circulase por la vía única de Pajares. En su interior, en un vagón amarillo con el logo de Correos impreso a ambos lados, los funcionarios distribuían las cartas que les habían entregado, en sacas, para organizar su entrega. Había gente que utilizaba, a última hora, el buzón del vagón para no tener que desplazarse a la estafeta de la Plaza del 6 de Agosto. Ajenos al ajetreo de los carteros, el resto de los viajeros se disponía a llevar con paciencia el largo viaje que les esperaba. En su mayoría eran estudiantes, militares de reemplazo y gente mayor, que cogían ese tren porque era el más barato y no tenían prisa, o por ser el único que paraba en algún apeadero perdido. Bromeaban por su escasa velocidad, asegurando que si la típica señora de aldea con su cesta de gallinas le daba el alto en medio del campo, el maquinista paraba el convoy para que subiera…

Manuel era un estudiante que se dirigía a Barcelona. Al llegar a León, a eso de las ocho de la tarde, dejaba la maleta en la consigna de equipajes y vagaba por la ciudad, haciendo tiempo para coger el siguiente tren, el mítico “Shanghái” que, procedente de La Coruña y Vigo, paraba en la estación hacia las diez y media de la noche. Manuel ya le tenía cogido el tranquilo al viaje y no tenía demasiado problema en cómo invertir las horas. En León tenía incluso una amiga con la que salía a tomar algo por el barrio húmedo o en las cafeterías del centro. Se echaban unas risas sin pedir más a la vida de lo que ésta podía ofrecer en aquellos años.

Con un cuarto de hora de retraso el expreso hacía su aparición en la abarrotada estación. Precedido por una estridente megafonía, todo el mundo estaba atento al triángulo de luces de la locomotora que, perforando la oscuridad, avisaba de la llegada inminente del convoy. Había que estar muy vivo para identificar su vagón y no tener que recorrer luego los interminables pasillos del tren, con la maleta a cuestas, para localizar el compartimento. A esas horas reinaba la animación en todo el tren. Muchos estaban acabando de cenar, en otros compartimentos había jolgorio, gente tocando la guitarra, jugando a las cartas… Manuel se instaló en su asiento de segunda clase, se zampó el bocadillo y se dirigió al bar del tren a tomarse una copa. Por el camino atravesó varios coches de primera clase y coches cama. Se fijó en la gente con la que se encontraba. Diferente aspecto, forma de vestir y actitud… Las clases sociales iban bien representadas y separadas en el tren. Un buen tema para el trabajo de sociología.

El bar ocupaba todo un vagón. Las ventanillas lucían cortinas azules a juego con las lamparitas de las mesas. Luz cálida e indirecta. Muy romántico. Había alguna pareja cenando, grupos de soldados que iban o volvían del cuartel y gente solitaria que permanecía callada y ausente. Manuel empezó a charlar con el camarero, que le notó el acento asturiano y le preguntó de donde era. Enseguida salieron a colación los triunfos del Sporting, y poco a poco se formó una tertulia muy animada con los demás parroquianos de la barra. Todo el mundo pagó una ronda y terminaron cantando el “Asturias patria querida” mientras se dirigían a sus departamentos y el camarero echaba la persiana. Era el truco que algunos utilizaban para poder dormir con el traqueteo del tren y los inmisericordes altavoces de las estaciones intermedias, anunciando llegadas y salidas con una voz de envidiable frescura para las cinco de la mañana… En alguna de ellas, como Venta de Baños o Miranda de Ebro, el tren paraba casi media hora para cambiar la máquina de sentido. Manuel y otros tantos como él aprovechaban para bajar a estirar las piernas o tomar algo en la cantina, que permanecía abierta toda la noche.

(continuará la próxima semana…)

El freno de emergencia

11 Viernes Mar 2016

Posted by mariofigaredo in FotoRelatos

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Dicen que todos tenemos nuestro minuto de gloria en la vida.
Quizá el mío fue cuando me dio por accionar el freno de emergencia
y parar un tren… Dicho así parece una gamberrada, pero me
asistieron poderosas razones.
Subimos al tren Talgo Gijón-Barcelona con destino a Miranda de
Ebro. El vagón iba medio vacío y, como solía ser habitual, se llenó
de gente en Oviedo. Llegó una señora mayor, resoplando, con una
maleta y un bolso. Le tocaba sentarse junto a nosotros, justo al
otro lado del pasillo central. Vimos por la ventanilla, en el andén, a
quien parecía ser su hijo y su nieto, que habían ido a despedirla. Al
ver que tenía dificultades para colocar el equipaje subió el señor un
momento para ayudarla. No tardó ni un minuto en colocar la maleta
en su lugar, darle un beso y dirigirse hacia la salida cuando, sin
escucharse aviso alguno, se cerraron las puertas y el tren comenzó
a moverse. Me fijé en el niño, de corta edad, que se había quedado
solo en el andén con los ojos muy abiertos viendo como se iba el
tren con su padre y su abuela. El hombre, presa de un ataque de
nervios, gritó: -¡Mi hijo, mi hijo! ¡No puedo dejarle solo ahí fuera!
Mientras la abuela chillaba pidiendo ayuda, el hombre se precipitó
hacia la puerta más cercana y trató de abrirla. En ese momento me
levanté, como un resorte, y corrí a ayudarle. Le dije que accionase
la manilla de apertura de emergencia de la puerta, ya que sino no
se iba a abrir con el tren en movimiento. Todo sucedió en pocos
segundos. La puerta se abrió y el hombre iba a bajarse con el tren
en marcha. Demasiado tarde. El tren iba cogiendo velocidad y era
muy peligroso saltar. Entonces me acordé del freno de emergencia
que llevan todos los vagones. Solía estar en la plataforma, cerca de
la puerta, pero no era así en este caso. Lo busqué sin encontrarlo
hasta que mi hijo me dijo: – ¡Ahí está, papá! Sin pensármelo dos
veces agarré la manilla roja y tiré con fuerza hacia abajo. Sonó un
ruido, como de aire saliendo de un globo, y el tren se detuvo de
inmediato… justo antes de acabarse el andén y adentrarnos en el
túnel. Entonces el hombre bajó rápidamente y echó a correr hacia
la estación. Al poco apareció el maquinista vociferando: .-¡¡¡Quien
ha sido!!! (silencio sepulcral). Iba a levantar la mano cuando me la
sujetó mi mujer. La abuela se levantó y dijo que había sido su hijo
para bajar a por el nieto que había quedado solo. El maquinista,
muy enfadado dijo que así no había forma de ser puntual, que
aquello no era su problema, que se hubiera bajado en la siguiente
estación y esperado un tren de vuelta.
El jefe de estación llegó mientras tanto a la altura del vagón y,
con parsimonia de funcionario, tomó nota de la hora y el número de
tren para hacer el informe. Hecho esto se dio la vuelta sin
molestarse en subir al tren a ver que había pasado. Mientras, el
maquinista abrió un panel lleno de botones y circuitos para tratar
de arreglar el desaguisado: por lo visto el sistema contemplaba
frenar el tren y luego abrir la puerta, no al revés. Le sonó el móvil
y, por lo que hablaron, el padre de la criatura sostenía que alguien
del tren había accionado el freno, que él no lo había visto. Se volvió
a mirar a los pasajeros que, indiferentes, miraban por la ventanilla,
leían o se reían por lo bajo. Luego de hurgar en algún mecanismo,
la manilla recuperó su posición original, dio media vuelta y se fue a
su locomotora dando un portazo. Nadie me delató. Bien es cierto
que en el cuerpo de la manilla del freno advierte que está prohibido
usarlo sin causa justificada. ¡Ahí es nada! ¿Quién decide cuándo es
causa justificada? ¿Cuánto tiempo puedes dedicar a pensar en eso?
El caso es que el retraso fue de unos diez minutos. Recuperables
en un viaje tan largo. De hecho nadie criticó mi acción. Al contrario,
me felicitaron por actuar de manera rápida ante una situación no
esperada. La mayoría se suele quedar mirando sin hacer nada.
Cuando llegamos a nuestro destino y nos bajamos del tren, un
bosque de manos se agitó tras las ventanillas. Sin pretenderlo,
fuimos los protagonistas de aquel viaje.

freno de emergenciaTalgo 200 tren-Talgo 200

La foto

26 Viernes Feb 2016

Posted by mariofigaredo in FotoRelatos

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Corría el año 1977… Matías llevaba fuera de España desde 1937;
es decir, cuarenta años evadido. Vivía en una pequeña aldea de
Asturias, de donde escapó cuando quisieron obligarle a luchar en
esa guerra cruel… Se las arregló para llegar a un puerto, viajando
de noche a lomos de un viejo caballo. Una vez que llegó junto al
mar, cortó la amarra de una pequeña barca y escapó remando en
medio de la oscuridad. Tuvo la suerte de ser recogido por un barco
francés, un pesquero, donde no le hicieron preguntas. Trabajó para
ellos hasta que regresaron a Francia donde pidió asilo y vivió
alejado del conflicto hasta que estalló la Segunda Guerra Mundial.
Pacifista convencido, volvió a poner mar de por medio y se enroló
en un mercante que iba para el sur de África. Cuanto más lejos
mejor, pensó. Así pasaron los años, de barco en barco, recorriendo
el mundo hasta que, una vez muerto Franco e intuyendo que su
país estaba en paz, decidió regresar. Cuando se fue tenía 18 años.
Su mayor anhelo era ver a su madre, de la que nada sabía. Llevaba
una foto suya en la cartera. Se la hizo un fotógrafo ambulante de
los que iban por los pueblos. Aquella foto resistió el paso de los
años, congelado el momento como en una maquina del tiempo.
Le había escrito alguna carta para que supiera que estaba vivo,
pero nunca puso remite por su vida nómada y el miedo a ser
capturado; por lo tanto no sabía si estaba viva o muerta.
Llegó sin avisar a su aldea. Se bajó del tren y buscó su casa,
cercana a la vía. Dónde una vez hubo un hogar solo encontró
paredes medio comidas por la hiedra… Apesadumbrado miró a su
alrededor. El corazón le dio un vuelco cuando vio a una viejecita,
vestida de negro, tendiendo ropa cerca de un sembrado. Se acercó
a ella deseoso de ver una cara familiar. No la conocía. Se presentó
ante ella y le explicó quien era. La buena señora le miró, un tanto
desconcertada y recelosa. Él saco la foto de su madre y se la
enseñó. Los ojos de la mujer se iluminaron al reconocer esa figura.
Con lágrimas en los ojos le dijo que un día llegaron los milicianos a
buscar a su hijo para llevarlo al frente. Al no encontrarlo, montaron
una ametralladora en uno de los balcones para tratar de frenar el
avance de las tropas nacionales. Pura rutina. Dejaron unos hombres
allí y se marcharon. A las pocas semanas llegaron los sublevados y
quemaron las casas desde donde se les ofrecía resistencia. A la
madre la evacuaron a otro pueblo donde vivía con una prima desde
entonces. Martías abrazó a la anciana y le dio las gracias. Aquella
foto había servido para refrescar una memoria ya frágil.
Al día siguiente se encontraron, al fin, madre e hijo tras cuarenta
años separados. Corría el año 1977…

FEVE-Asturias

El niño y el tren

22 Viernes Ene 2016

Posted by mariofigaredo in FotoRelatos

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Érase una vez un niño al que le gustaban mucho los trenes. Desde
muy pequeño pedía a sus padres que le llevasen de paseo hasta la
estación, donde disfrutaba de lo lindo viendo las salidas y llegadas.
Trataba de ir por el camino que iba a la vera de la vía. Todo le valía:
un cercanías, un expreso, un rápido, un mercancías…
Cuando pasaba un tren se subía a la valla y lo miraba extasiado;
incluso solía saludar al maquinista de turno que, divertido, le
devolvía el saludo y hacía sonar su silbato…Un buen día se
presentó la ocasión de hacer un viaje largo para visitar a los
abuelos, y no se lo pensó dos veces: ¡quiso ir en tren!
Surgió un imprevisto que hizo peligrar el viaje pero él insistió en
que le dejasen ir solo, puesto que los abuelos estarían esperándole
en la estación de destino; la última del recorrido. Llegó el día tan
esperado y el niño llegó a la estación, acompañado de su padre,
subió al tren y se acomodó en su asiento, de ventanilla, en un
vagón de segunda clase con departamentos y un pasillo lateral. Se
trataba del tren nocturno, un expreso, que hacía la linea Gijón-
Madrid. El padre habló con el revisor, un señor muy serio, con una
pata de palo, rogándole que vigilase al niño de vez en cuando,
puesto que viajaba solo. Parecía que se conocían de algo. Hizo lo
mismo con un matrimonio que viajaba en el mismo compartimento.
Le dijeron que perdiera cuidado, que viajaría seguro como si fuera
su propio hijo. Los otros cinco ocupantes asintieron igualmente y el
padre se despidió y abandonó el vagón. Eran otros tiempos y se
podía confiar en la palabra de las personas. Después de ayudar a
pasar la maleta de otro viajero por la ventanilla abierta, el padre se
despidió del niño, desde el andén, agitando la mano. El tren hizo
sonar su silbato e inició su marcha. Para el niño, de solo siete años,
empezaba una aventura. Se sentía mayor y le gustaba que sus
padres hubieran confiado en él hasta el punto de dejarle solo con
unos desconocidos. Todos los viajeros del departamento se
portaron muy bien con él. Compartieron su cena y hablaron
animadamente hasta bien tarde. También apareció el revisor para
ver como iba todo y recordarle que estaba allí para ayudarle en lo
que necesitase.
Llegó un momento en que decidieron apagar la luz blanca y dejar
una morada para poder dormir sin estar en completa oscuridad. Ni
que decir tiene que el niño apenas durmió en toda la noche. Miraba
por la ventanilla, escudriñando la oscuridad, fijándose en las luces
lejanas que tililaban, escuchando el ruido acompasado del tren
sobre los raíles, las campanillas de los pasos a nivel, o los
ronquidos del soldado de reemplazo que dormía junto a la puerta
corredera. En medio de la noche tuvo ganas de orinar y, como
todos dormían, se levantó y salió al pasillo buscando el WC. El
revisor, que andaba por allí cerca, le acompañó y le explicó su
funcionamiento. Al terminar pulsó el botón de la cisterna y,
sorprendido, observó como se abría el fondo del inodoro y se veía
la vía. Regresó a su sitio con cuidado de no tropezar con las piernas
de los demás ocupantes.
Amaneció lentamente y, somnoliento, vio como iba aclarándose el
cielo y el sol apareció tímidamente por el horizonte. Al poco rato
llegaron a la estación término, Madrid, y buscó con la mirada una
cara conocida. Allí vio a sus abuelos, esperándole hacía mucho rato
para no perderse la cara de ilusión de su nieto al descender del
tren. Había llegado a su destino cansado pero feliz; y, tras
despedirse de sus compañeros de viaje, les contó apresuradamente
todas sus impresiones.
Os voy a confesar un secreto: ese niño era yo; y aquella fue la
primera de muchas experiencias, en torno al tren, que quedó
marcada en mi memoria como si de una foto se tratase.
El niño de la foto, mi hijo, aparece con un nicki haciendo juego
con los colores del cercanías. ¿Casualidad? ¡Quien sabe…!

El niño y el tren

Las fotos de Agapito

03 Viernes Jul 2015

Posted by mariofigaredo in FotoRelatos

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Agapito está abatido
pues sus fotos ha perdido
su sobrino, descuidado,
sin querer las ha borrado
su familia se ha ofendido
porque el asunto ha ocurrido
por no haberlas revelado
Moraleja: No hagas como Agapito
que todo le importa un pito
vete a tu tienda de al lado
que este cuento se ha acabado.

fotos

Aquellas fotos de carnet

15 Lunes Jun 2015

Posted by mariofigaredo in FotoRelatos

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Llovía y hacía frío. Necesitaba unas fotos de carnet para renovar el permiso
de conducir. No me gustan las que hacen en las clínicas de
reconocimiento. Sales como en el foto-matón y luego el guardia te
mira raro cuando te para. Rebusqué por casa y encontré unas
antiguas. En un primer momento apenas me reconocí. Llevaban la
fecha por detrás. Habían pasado la friolera de catorce años. Parecía
otra persona, un hermano pequeño al que sacas por el parecido…
Me decidí a hacer unas nuevas, que no era plan ir con aquellas. Salí
de casa y pregunté a la del estanco por una tienda de fotos. Ya van
quedando menos, me dijo, pero tienes una a un par de manzanas
de aquí que lleva toda la vida ahí; ya la recuerdo cuando abrimos el
negocio hará unos veinte años. Tiene un toldo rojo grande, no tiene
pérdida. ¡Que pereza hacerse fotos con este día de perros!.
Entré y esperé mi turno. Sonaba música de jazz. Se estaba a
gusto en aquel lugar. El tiempo parecía haberse detenido entre
aquellos muebles de madera. Me entretuve mirando fotos de
lugares lejanos y gentes desconocidas. Al poco entré en el estudio y
me sacaron nuevas fotos. Iba tenso y malhumorado, pero algo me
dijo el fotógrafo que me hizo sonreír de verdad. En ese momento
quedó plasmada mi cara para otros diez años. Lo que suponía una
decepción al comparar la foto actual con la antigua, se tornó en
sorpresa y alegría al comprobar que… ¡había salido mejor!
Salí a la calle. Llovía y hacía frío. Pero no me molestó…

foto-carnet

Comprar en bici

08 Miércoles Abr 2015

Posted by mariofigaredo in FotoRelatos

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Un año más el Ayuntamiento de Gijón, la Unión de Comerciantes y
Gijón Impulsa Empleo, organizan “30 días en bici”. Se trata de que,
al menos durante un mes, veamos las bondades de ir a la compra
en bicicleta; un medio de transporte alternativo al vehículo privado
que además de saludable no contamina. La tendencia en las
ciudades de Europa es impulsar el uso de la bicicleta a base de
carriles bici y aparcamientos. Una vez hecho esto solo es cuestión
de tiempo que los ciudadanos se animen a coger la bici y efectuar
sus desplazamientos y compras. Los comerciantes tenemos nuestra
parte de responsabilidad para conseguir este objetivo a base de
facilitar la entrada de los ciclistas a las tiendas, ofrecerles espacio
para guardar temporalmente sus compras y ayudarles ante
cualquier problema que podamos solventar. El decálogo que figura
más abajo detalla los puntos de colaboración que hemos
considerado posibles. Además, durante la duración de la campaña
ofrecemos detalles y descuentos especiales a los clientes que
lleguen en bici a nuestra tiendas.
Una ciudad con menos coches es menos ruidosa, más limpia y
sana. Sus calles serán más alegres y humanas. Aflorarán nuevos
comercios y actividades sostenibles con el medio ambiente…
A pie o en bicicleta comprarás y vivirás más a gusto y relajad@.
¿Qué más se puede pedir?

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